En casa, aún duermen
Las ovejas pasan.
Atraviesan el campo abierto de matorrales y hierbajos secos. Pastan mientras
avanzan; tranquilamente, hienden de blanco las tierras desnudas, antes de
mezclar sus líneas con la neblina de mar. Son las nueve. Detrás, sigue el
horizonte azulenco, cargado de otras nubes que esperan poder saltar a ras de
los mismos suelos dorados, donde las lenguas tórridas de los vientos juegan
obstinadamente, sin parar. En casa, aún duermen. Ni siquiera imaginan que he
vuelto. La mesa está llena de cosas. Vasos y platos sucios. Tenedores y
cuchillos con restos de comida petrificada. Migas de todo tipo. Hay trapos y
servilletas de papel puestos de cualquier forma, tirados por encima. La basura
está repleta y si la muevo, sé que haré ruido. No quiero despertarles. Respiran
fuerte. Algunas palabras, incomprensibles, se escurren de sus bocas. Sílabas de
otros mundos. Letras diferentes. Formas que sólo pueden tocar los oídos.
Intento descifrarlas con los dedos. Seguirlas, despacio. Sentirlas tirar;
hundirse en la piedra o resbalarse en el aire, transformándose repentinamente
en acantilados o en desprendimientos dúctiles; flotantes; inexplicablemente,
friables. Mientras, silba suavemente un suspiro, desaparece; un vaivén efímero
escrito con el aliento de los rincones. Aprietan. Es difícil quedarme. «¿Qué
haces aquí?». La verdad, no tengo ni idea. Me dejé llevar. Algo en mí quería
volver. En parte, me arrepiento yo más que tú, que me observas con esos ojos
encendidos, los tan rencorosos de siempre. Tus labios tiemblan. ¿Acaso, me has
echado de menos? Las distancias olvidan todo. «¿No me respondes? Te estoy
haciendo una pregunta. ¿¡Qué haces aquí!?». Aún te cuesta tolerarme. No te
culpo. A mí, me pasa lo mismo. No te soporto. Deberías empezar a tomártelo con
naturalidad. Tampoco tengo ganas de responderte. Tienes, para mí, un veneno
pegajoso; urticante. Quizá seamos los vértices de dos especies distintas, aún
demasiado iguales para desvincularnos. Quién sabe. «¡Que me respondas, joder!
¡Qué coño haces aquí!». No siempre me
interesa el ruido.
Las ovejas han
desaparecido. La neblina se acerca. El color de la tierra se ha mezclado con
los arbustos. Siento mi cuerpo, a punto de explotar. Demasiados pensamientos
colocados dentro de mí, guardados en la quietud de los recuerdos, conservados
durante años. Sus gritos me ponen nerviosa. Sé que no puedo alcanzarte. El sol
está alto. Las golondrinas vuelan alegres y desperdigadas. Se tiran a jugar con
las olas colgadas. Y el viento insiste. He notado tus ojos. La belleza existe
en pocos lugares. Sueño con un camino ligero, para tocar tus manos, sin que la
tela del tiempo se entere. Déjame ver tus cabellos. Tan despeinadamente
salvajes; revueltos, como las ideas. Y tu piel, suave. Y las manchas crecidas
de tus axilas. Camíname en la noche que aún despierta; quiero darte mis besos.
Y, sin embargo, te veo ya poco… apenas dos puntos verdes; los últimos segundos.
«Te estoy preguntando. ¡Qué quieres!». Nada. No quiero nada.
Las plantas están
hermosas y los cuadros son bonitos. Las telas conservan sus hilos. En las
costuras, huelo a perfume. Todos están aquí. Voy a esperar a que despierten. No
me mires de ese modo. Sabes de sobra que me da igual. Y deja de gritarme.
Podría contarte un millón de cosas. Es tan difícil esperarte. Te imagino; una
sonrisa tímida y fanfarrona a punto de contarme toda la vida que me escondes.
Imagino bromas. Imagino enredos. Imagino secretos. Imagino sorpresas. Quién
sabe cómo sería poder saber algo de ti. Ver quién hay detrás de las cortezas
roídas y cansinas que te traes a cuestas. Y que empeoran con los años. Te
envejecen muy mal; ni ves ni respiras ni escuchas ni tocas. Eres sólo un peso
del que te cargas, una tradición fija y autoritaria; vergonzosamente vil. Como
todas las desoxigenadas que aguardan con grilletes iguales a los tuyos. Y, sin
embargo, desesperadamente, necesitas respirar. Oxígeno es lo que tus gritos
pretenden; robármelo. Me preguntas. Me exiges. Pero, tú no quieres respuestas. Tú
quieres liarme, porque quieres que me quede; necesitas respirarme, vaciarme;
convertirme en un pellejo colgante, como todas esas carcasas que guardas.
«Márchate.». Lo haré, cuando las ovejas regresen. «Márchate, te digo. Aquí no
queda nadie. Cuando las ovejas regresen, las nubes se recogerán en el
horizonte, junto al sol; los campos quedarán quietos y los árboles abrirán sus
plumas. Todo lo que ves, desaparecerá.».
En casa, aún duermen, aparece en el n.19 de la revista literaria Alborismos
mofred
poesía en movimiento
www.instagram.com/lafalfy
Comentarios
Publicar un comentario