La piedra
No soy de aquí, pero como si lo fuera. Mi abuela me hablaba de este bosque
de píceas, cada noche, antes de dormir. Son retales de otra época, como mis
raíces – decía mientras me contaba, regresándome con ella a los cantos de su
memoria. El mirlo era el más charlatán y se dejaba ver el que más. Pero no era
el único. El mosquitero le daba también al pico. Aprovechaba las zonas de
umbría para cantar a sus anchas. Mi abuela sonreía al recordarlo; hacía una
pausa. Después, venía el zorzal, con su hermoso canto y las cáscaras de caracol
rotas sobre las piedras, que lo delataban. Luego, el mito, el jilguero, el
pinzón. El petirrojo. Qué atrevido y qué curioso. El carbonero. El herrerillo,
su casi gemelo. La curruca capirotada, pariente de ambos y tan sobria, tan discreta.
Y, cómo no, el carpintero, o hacedor de los ecos, y el trepador azul, que tan
bien sabe acomodar los huecos. No sólo aprendí de cantos. Mi abuela me enseñó a
oler en sus recuerdos. Reconozco la piedra de esa casa, los espacios derruidos
en su interior, el perfume de la madera, de la corteza abierta y de los suelos
repletos de conos, de hojas y de castañas. Reconozco este manto de musgo y de
líquenes y la escultura de barro petrificado que esconde, justo ahí, junto a
los helechos aún por desenrollar. Y las corrientes de agua que bajan peinando
de plata las vertientes de la montaña, sé exactamente dónde están. Esas
cascadas son los cabellos de la guardiana, – decía – algún día, vengará los
cuerpos mutilados de mi madre y de mi hermana. Las fusilaron contra la piedra
que hoy recuerda sus nombres. Las violaron también. Antes y después de muertas.
Mi abuela lo vio todo. ¡Buscad a la niña! – gritaban los ogros. Pero la niña
conocía bien el bosque. El escondite era su juego preferido. Todos sus amigos piaron
tan fuerte aquella tarde, que fue imposible escuchar sus pasos. ¿Y, sabes? Ésos
que ahora se llevan muertos, son los nietos de los ogros. Se acercaron a la
misma piedra. La escupieron y mearon con saña. Lo vimos todos. El petirrojo
avisó. Después, cayó el árbol. Aplastó sólo sus cabezas. Lo vimos todos. La
guardiana cumplió.
mofred
poesía en movimiento
www.instagram.com/lafalfy

Comentarios
Publicar un comentario